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jueves, 11 de octubre de 2007

El potro debía andar por los 45 años ...


El Potro debía de andar por los cuarenta y cinco años, y cada uno lo llevaba impreso en la cara. Una juventud de novillero sin suerte le había dejado en las pupilas y el gaznate el polvo del fracaso en plazas de tercera categoría, amén de una cicatriz de asta de toro bajo la oreja derecha. En cuanto a su breve y oscura trayectoria como aspirante al título de campeón de Andalucía de peso gallo entre dos reenganches en la Legión, lo único que había sacado en limpio era la nariz rota, dos cejas abultadas e intermitentes a causa de las cicatrices, y cierta lentitud de reflejos a la hora de enlazar acción, palabra y pensamiento. En los timos callejeros a turistas interpretaba bien el papel de tonto: había mucho de real en su desvalida forma de mirar al vacío esperando el clarín del tercer aviso, o el gong de alguna improbable cuenta atrás.
—Lo del tacto es importante —dijo despacio.
—Ozú —corroboró la Niña. El Potro del Mantelete aún fruncía el ceño, como cada vez que se ponía a considerar algo. Del mismo modo, con el ceño fruncido y considerando muy por lo menudo la cuestión, había entrado un día en casa para encontrar a su hermano paralítico en la silla de ruedas, con los pantalones por las rodillas y su cuñada —la mujer del Potro— sentada encima entre elocuentes jadeos. Sin apresurarse ni levantar la voz, asintiendo dulcemente con la cabeza mientras el hermano aseguraba que aquello era un malentendido y que podía explicarlo todo, el Potro del Mantelete se había situado detrás de la silla de ruedas, llevándola casi con ternura hasta el rellano para dejarla caer, junto a su propietario, escaleras abajo con el resultado de treinta y dos escalones haciendo cloc-clac, y una fractura de cráneo mortal de necesidad. La mujer salió librada con una paliza metódica, científica, consistente en dos ojos morados y un K.O. por gancho de izquierda del que se repuso a la media hora, justo a tiempo de hacer la maleta y desaparecer para siempre. Lo del hermano tuvo peor arreglo: enfrentado a una petición fiscal de treinta años, sólo la habilidad del abogado logró cambiar en el ánimo del juez la tesis del asesinato por la de homicidio accidental, con el resultado de absolución in dubio pro reo....

La piel del tambor
Arturo Pérez Reverte

viernes, 3 de agosto de 2007

Dejadme que os cuente la historia más hermosa que conozco ...



«Dejadme que os cuente la historia más hermosa que conozco.
A un hombre le regalaron un perro, al que quería mucho. El perro iba con él a todas partes, pero el hombre no pudo enseñarle a hacer nada útil. El perro no recogía cosas ni rastreaba, no corría, ni protegía, ni montaba guardia. Se sentaba a su lado y le miraba, siempre con la misma expresión inescrutable.
"Eso no es un perro, es un lobo", dijo la esposa del hombre. "Sólo me es fiel a mí", respondió él, y su esposa nunca volvió a discutir con él.
Un día el hombre se llevó al perro con él en su avión privado y mientras volaban sobre cumbres nevadas los motores fallaron y el avión se hizo pedazos entre los árboles. El hombre yacía sangrante con el vientre abierto por esquirlas de metal; el vapor brotaba de su cuerpo en el aire frío,pero en lo único que podía pensar era en su perro fiel. ¿Estaba vivo? ¿Estaba
herido?
Imaginad su alivio cuando el perro apareció chapoteando y lo observó con la mirada fija de siempre. Al cabo de una hora, el perro olisqueó el abdomen abiertodel hombrey luego empezó a sacarle los intestinos y el bazo y el hígado y a comérselos sin dejar de estudiar la cara del hombre.
"Gracias a Dios", dijo el hombre, al menos uno de nosotros no morirá de hambre....
Hijos de la Mente
Orson Scott Card

miércoles, 25 de julio de 2007

Pasó su oscuro furor ....



Pasó su oscuro furor y Eric Leben recuperó el control (del que era capaz) de los sentidos, entre las ruinas de la habitación de la cabaña, donde había destrozado todo lo que tenía a mano. Una acuciante jaqueca le retumbaba en la cabeza y un dolor más apagado le recorría todos los músculos. Sentía que sus articulaciones estaban rígidas e hinchadas, y sus ojos, turbios, húmedos y cálidos. Le dolía la dentadura y su boca sabía a ceniza.
Después de cada uno de sus frenéticos ataques, el estado de ánimo de Eric era gris, como ahora, en un mundo también gris, donde los colores había desaparecido, los sonidos acallados, donde los bordes de los objetos eran indefinidos y la luz, independientemente de la potencia de su procedencia, era turbia e insuficiente para iluminar el ambiente. Era como si el furor le hubiese dejado sin energía y se viera obligado a reducir la potencia de sus funciones hasta reponer nuevas reservas. Se movía con ineptitud, con cierta torpeza y le era difícil pensar con claridad.
Cuando acabara de curarse, los períodos de coma y las fases grises evidentemente desaparecerían. Sin embargo, dicha convicción no le tranquilizaba, ya que su turbio proceso mental le impedía pensar en el futuro. Su condición era preocupante, desagradable, incluso temible; tenía la sensación de no controlar su propio destino y de estar en realidad
atrapado dentro de su propio cuerpo, encadenado a su carne ahora imperfecta y medio muerta.
Llegó con dificultad hasta el baño, se duchó lentamente y se lavó los dientes. En la cabaña guardaba un ropero completo, igual que en la casa de Palm Springs, para no tener que llevar equipaje consigo y se puso un pantalón caqui, una camisa roja a cuadros, calcetines de lana y unas botas de leñador. Con lo turbia que tenía la cabeza, aquellas labores matutinas duraron mucho más de lo debido. No le fue fácil ajustar los controles de la ducha, para que la
temperatura del agua fuera adecuada; se le cayó varias veces el cepillo de las manos; maldijo sus anquilosados dedos que luchaban con los botones de la camisa; cuando intentó subirse las mangas, la tela se le resistía como si tuviera vida propia; y sólo logró abrocharse las botas después de realizar un enorme esfuerzo.
Volvieron a perturbarle las hogueras espectrales.
Varias veces, en la periferia de su campo de visión, la penumbra se convirtió en llamas. No eran más que cortocircuitos de los impulsos eléctricos de su deteriorado cerebro, pero que sanaba. Ilusiones nacidas de las chispas sinápticas cerebrales entre neuronas. Eso era todo. Sin embargo, cuando miraba directamente a la hoguera, no se desvanecía ni esfumaba como lo habría hecho un espejismo, sino que su brillo incluso aumentaba.
A pesar de que no producían humo ni calor, no se nutrían de combustible alguno ni tenían sustancia física, cada vez que contemplaba las llamas inexistentes lo hacía con mayor temor, en parte porque en su interior, o quizás más allá de las mismas, vislumbraba algo misterioso y temible: figuras monstruosas envueltas en la oscuridad que le seducían a
través del brillo intermitente. A pesar de que sabía que los fantasmas eran producto de su distorsionada imaginación y de que no tenía ni la más ligera idea de lo que representaban o de por qué debía temerles, le aterrorizaban. Y en algunas ocasiones, magnetizado por las hogueras espectrales, se oía a sí mismo gemir como un niño asustado.
Comida. Si bien su cuerpo genéticamente alterado estaba capacitado para una regeneración milagrosa y una rápida recuperación, necesitaba una nutrición adecuada: vitaminas, minerales, hidratos de carbono, proteínas, es decir, los elementos básicos para la recuperación de los tejidos deteriorados. Y por primera vez desde que había despertado en el depósito de cadáveres, tenía hambre. Llegó tambaleándose hasta la cocina y examinó con cierta dificultad el contenido del frigorífico.
De reojo le pareció ver algo que salía arrastrándose por las rendijas del enchufe. Algo largo y delgado, espantoso, una especie de insecto. Pero sabía que no era real. Había visto cosas parecidas. Era otro síntoma del deterioro de su cerebro. Debía ignorarlo, no permitir que le asustara, a pesar de que oía el tic tac de sus pies quitinosos en el suelo.
Tic tac, tic tac. No quiso mirar. Lárgate. Se agarró con fuerza al frigorífico. Seguía el traqueteo. Rechinó los dientes. Lárgate. El ruido desapareció. Cuando contempló el enchufe, no había ningún insecto extraño ni nada anormal.
Pero ahora su tío Barry, que hacía mucho tiempo que había fallecido, estaba sentado junto a la mesa de la cocina, con una sonrisa burlona. De pequeño le habían dejado muchas veces con su tío Barry Hampstead, que abusaba sexualmente de él y el miedo le había impedido confesarlo. Hampstead le había amenazado con lastimarle, con cortarle el pene, si hablaba de ello y sus amenazas le habían impresionado tanto, que Eric no las puso jamás en duda.
Ahora el tío Barry estaba sentado junto a la mesa, con una mano sobre las rodillas, sonriéndole burlonamente, y le decía:
-Ven aquí, querida criatura, vamos a divertirnos un rato.
Eric oía su voz con la misma claridad que hacía treinta y cinco años, a pesar de que sabía que ni el cuerpo ni la voz eran reales, y estaba tan aterrorizado de Barry Hampstead como cuando era niño, a pesar de que sabía que estaba fuera del alcance de su odioso tío.
Cerró los ojos e intentó alejar su imagen. Durante más de un minuto no dejó de temblar, sin querer abrir los ojos hasta estar seguro de que la ilusión había desaparecido. Pero entonces empezó a pensar que Barry estaba realmente allí, que se le acercaba mientras tenía los ojos cerrados y que de un momento a otro le agarraría los genitales y comenzaría a estrujárselos...
De pronto abrió los ojos.
El fantasma de Barry Hampstead había desaparecido. Respirando con mayor tranquilidad, Eric cogió del congelador un paquete de salchichas empanadas Farmer John y las puso a calentar en una bandeja en el horno, prestando mucha atención para no quemarse. Torpe y pacientemente,
preparó una cafetera de Maxwell House. Sentado a la mesa con los hombros caídos y la cabeza baja, tomó varias tazas de café solo mientras deglutía la comida.
Al principio tenía un apetito voraz y el mero acto de comer hacía que se sintiera más auténticamente vivo que con cualquier otra actividad desde su renacimiento. Acciones tan simples como morder, masticar, degustar y tragar le acercaban más al reino de los vivos que todo lo ocurrido desde su tropiezo con el camión de la basura. Durante algún tiempo, comenzó a mejorar su ánimo.
Gradualmente empezó a darse cuenta de que el sabor de la salchicha no era lo fuerte ni agradable que había sido cuando estaba completamente vivo y capaz de apreciarlo. Y aun acercando la nariz a la grasa caliente y aspirando profundamente, fue incapaz de percibir el aroma de las especias. Contempló sus manos frías, grises y viscosas, en las
que tenía la salchicha empanada y comprobó que la carne humeante del cerdo parecía más viva que la suya.
De pronto la situación le pareció extraordinariamente cómica. Un difunto sentado a la mesa, deglutiendo salchichas Farmer John y vaciando una cafetera de Maxwell House, pretendiendo desesperadamente ser como los vivos, como si la muerte pudiera invertirse a voluntad y la vida recuperada limitándose a realizar actividades mundanas: ducharse, lavarse los dientes, comer, beber, defecar y consumir suficientes productos caseros. Debía de estar vivo, porque era
improbable que ni en el cielo ni en el infierno tuvieran salchichas Farmer John o café Maxwell House. Debía de estar vivo porque había utilizado su cafetera Mister Coffee, el horno General Electric, sobre su cabeza oía el zumbido del refrigerador Westinghouse y a pesar de que sabía que la red de distribución de dichos fabricantes era muy amplia, no le parecía probable que sus productos hubieran llegado a la otra orilla del río Estige. Debía de estar vivo.Era un humor ciertamente negro, muy negro, pero comenzó a reírse a carcajadas, hasta que él mismo las oyó. Tenían un sonido duro, ronco, frío, como una parodia de la auténtica risa, áspera y escabrosa, como si se estuviera ahogando, o hubiese tragado piedras que se agitaban en su garganta. Aterrado por el ruido, se estremeció y comenzó a sollozar.
Soltó la salchicha empanada, arrojó la comida y el plato al suelo, y se dobló sobre la mesa, con los brazos cruzados y la cabeza hundida en los mismos. Lloraba desconsoladamente y durante un rato sintió una profunda pena de sí mismo.
Los ratones, los ratones, recuerda los ratones golpeándose contra los barrotes de sus jaulas...
Seguía sin saber qué significaba eso, no recordaba nada relacionado con ratones, pero presentía que estaba más cerca que nunca de comprenderlo. La memoria de unos ratones, de unos ratones blancos, pululaba ante él un poco más allá de su alcance. Su ánimo gris oscureció. Sus sentidos ya apocados perdieron aún más sensibilidad.
Al cabo de unos instantes se dio cuenta de que entraba nuevamente en coma, en uno de esos períodos de aletargamiento durante los cuales los latidos de su corazón decrecían dramáticamente y la respiración llegaba a un nivel muy inferior al normal, dándole la oportunidad al cuerpo de proseguir con sus reparaciones y acumular nuevas reservas de energía. Cayó al suelo y quedó enroscado en posición fetal junto al frigorífico....
Hogueras espectrales
Dean R. Koontz

sábado, 14 de julio de 2007

Durante los días previos a la venta ...


Durante los dos días previos a la venta, los esclavos son examinados por un jurado. Deben
mostrar una perfecta obediencia, agilidad y flexibilidad. Sus referencias son revisadas con minucia.
El jurado pone a prueba la resistencia y el temperamento de los esclavos, que son clasificados según una serie de requisitos físicos. Uno podría realizar una adquisición muy satisfactoria únicamente a partir del amplio catálogo y las fotografías que figuran en el mismo.
Como es lógico, después nosotros realizamos de nuevo esas evaluaciones para verificar que
los esclavos cumplen con las normas de El Club. Pero, en cualquier caso, la mercancía que se
ofrece en esas subastas es de primer orden.
Ningún esclavo llega a la antesala de la subasta a menos que se trate de un ejemplar
extraordinario, el cual es situado sobre una plataforma iluminada para ser examinado por miles de manos y ojos.
Al principio yo acudía personalmente a las grandes subasta. Mi interés no solo radicaba en el placer de escoger lo que me gustaba entre los novatos — aunque reciban una instrucción privada, no dejan de ser unos novatos hasta que nosotros los formamos — , sino en lo excitante que resultan esas subastas en sí mismas. A fin de cuentas, por muy preparado que esté un esclavo la subasta supone para él o para ella un verdadero cataclismo. Se pone a temblar, a llorar, mostrando la angustiosa soledad del esclavo desnudo sobre una plataforma iluminada, una exquisita tensión y un sufrimiento que constituyen una auténtica obra de arte. Es un espectáculo tan divertido como los que proponemos a nuestros clientes en El Club.
Puedes pasearte durante horas por la inmensa y enmoquetada antesala para echar un vistazo a
la mercancía. Las paredes siempre están pintadas en tonos relajantes, como el rosa o el azul pálido. La iluminación es perfecta. El champán, delicioso. Y no hay música ambiental. El único ritmo que percibes es el de los latidos de tu propio corazón.
Puedes tocar y palpar a los candidatos mientras los examinas, así como formular preguntas a
los que no están amordazados. (Es lo que nosotros llamamos educar la voz. Significa que no deben hablar hasta que alguien les dirija la palabra, ni expresar ninguna preferencia o deseo.) A veces otros instructores te indican un hermoso ejemplar, que ellos mismos no pueden permitirse el lujo de adquirir. De vez en cuando se congrega un grupo de compradores en torno a un maravilloso esclavo al que obligan a adoptar diversas posturas, a cual más lasciva y reveladora, y a obedecer una docena de órdenes.
Nunca me he molestado en azotar o atar a un esclavo con correas de cuero durante la exhibición previa a la subasta. Otros sí lo hacen. Opino que unos cuantos azotes propinados en el momento de la puja revelan todo cuanto se desea saber sobre el candidato.
Siempre hay quien trata de aconsejarte: ese esclavo tiene la piel demasiado frágil, nunca
sacarás provecho de él; en cambio, ese otro tiene la piel suave pero muy resistente, o es mejor
comprar una esclava con los pechos pequeños.
Uno aprende mucho sobre este negocio si se mantiene alejado del champán. Pero los mejores
instructores apenas revelan nada de sí mismos, ni de las desgraciadas y temblorosas criaturas a las que examinan. Un buen instructor averigua lo que desea acercándose a un esclavo y agarrándolo bruscamente del pescuezo.
Una de las cosas más divertidas es observar a los instructores procedentes de todos los rincones del mundo. Parecen dioses y diosas, apeándose de sus lujosas limusinas negras aparcadas frente a la puerta y exhibiendo el último grito en materia de moda: unos vaqueros deshilachados, una camisa de algodón abierta hasta el ombligo o una blusa de seda con un hombro al descubierto que parece a punto de caerse a pedazos. Lucen cortes de pelo imposibles y unas uñas como dagas.
Luego están los fríos aristócratas, con un traje negro de tres piezas, gafas cuadradas con montura plateada y pelo corto y perfectamente peinado. Se oyen toda clase de idiomas —aunque el lenguaje internacional para los esclavos es el inglés—, y se percibe la impronta especial de una docena de nacionalidades sobre un aire de invariable autoridad. Incluso quienes muestran una expresión más dulce e inocente dejan traslucir cierto aire de autoridad.
Reconozco a un instructor en cuanto lo veo. Los he observado en numerosos lugares, desde el
pequeño y sucio pabellón en el Valle de los Reyes, en Luxor, la terraza del Grand Hotel Olaffson
en Puerto Príncipe. Hay ciertas pistas inconfundibles, como las correas de reloj de cuero anchas y negras y los zapatos de tacón, que nunca hallarías en una tienda normal. Y la forma en que desnudan con los ojos a todas las mujeres y hombres atractivos que hay en la sala.
Todo el mundo es un esclavo desnudo en potencia para quienes estarnos en este negocio. Ostentamos una aureola de sensualidad de la que es casi imposible desprenderse. La parte posterior de la rodilla de una mujer, un brazo desnudo, la forma en que la camisa de un hombre se tensa sobre su pecho cuando se introduce las manos en los bolsillos del pantalón, el movimiento de las caderas de un camarero al agacharse para recoger una servilleta del suelo... Infinidad de detalles que observamos en todas partes y que nos producen una constante y profunda excitación. El mundo entero es un club de placer y diversión para nosotros.
También produce un placer especial ver en las subastas a los multimillonarios que tienen un
instructor o instructora personal en sus mansiones o casas de campo, y que se permiten el lujo de adquirir esclavos para su disfrute personal. Esos propietarios particulares de esclavos suelen ser gente enormemente atractiva e interesante.
Recuerdo que un año vi a un chico guapísimo de dieciocho años, acompañado por dos
guardaespaldas, que ojeaba el catálogo muy serio y observaba de lejos, a través de sus gafas
violetas, a cada una de las víctimas, para luego acercarse a ellas y pellizcarlas en el trasero. El joven iba vestido de negro de pies a cabeza, a excepción de unos guantes de color gris perla que no se quitó durante toda la velada. Cada vez que pellizcaba a uno de los esclavos, me parecía sentir el tacto de esos guantes sobre la carne desnuda de la víctima. Los guardaespaldas lo seguían a todas partes, y su instructor particular, uno de los mejores del mundo, tampoco se apartaba de su lado. Al fin el joven se decidió por un chico y una chica, ambos de complexión robusta. Lo recuerdo porque superó la oferta que hice yo en nombre de El Club para la chica, una joven bronceada, rubia, que jamás derramaba una lágrima por más duro que fuera el castigo que le imponía su amo, el cual se enardecía ante su frialdad. Yo tenía mucho interés en adquirirla, y recuerdo que me irrité bastante cuando vi que era adjudicada a otro. El joven amo, al observar mi enojo, sonrió por primera vez en toda la velada....
Hacia el edén
Anne Rice

viernes, 29 de junio de 2007

Leche verde agriada ...



Leche verde agriada.
El humo ascendía hacia la luz, y el humo y la luz se fundían en uno para convertirse en leche verde. La leche se fisionaba, ascendía, recubría el techo de una humareda opaca.
El smog estaba en todas partes. Arriba. Abajo. En la sala. Afuera. Verde y agrio.
Aquella sensación agria emanaba no sólo del smog que se había introducido en el
edificio a través de los aparatos de aire acondicionado y de las vaharadas de tabaco que inundaban la habitación. Procedía también del recuerdo de las imágenes que Childe había visto aquella mañana, y sabía que volvería a ver en los próximos minutos.
Herald Childe nunca había visto la sala de proyecciones del Departamento de Policía
de Los Angeles sumida en una tal oscuridad. El rayo luminoso procedente de la cabina de proyección habitualmente aclaraba la penumbra, pero el humo de cigarros y cigarrillos, el smog y el estado de ánimo de los espectadores oscurecían todo. Incluso la plateada luz de la pantalla parecía absorber la luz en lugar de reflejarla a los espectadores.
Allá arriba, donde el rayo luminoso se encontraba con el humo del tabaco, se formaba
leche verde que se cortaba y agriaba. Así veía las cosas Herald Childe, y la imagen no era exagerada. Los condados de Los Angeles y Orange estaban siendo asfixiados por la peor racha de smog de la historia. Durante un día y una noche y otro día y otra noche no se había movido ni un hálito de viento. Al tercer día, daba la impresión de que la situación podía prolongarse indefinidamente.
El smog. Ahora podía olvidarse del smog.
Abierto de brazos y piernas, en la pantalla aparecía su compañero (posiblemente ex
compañero). Detrás suyo, los cortinones rojo burdeos refulgían sombríamente, y la cara de Matthew Colben, normalmente colorada como el Chianti aguado al cincuenta por
ciento, estaba ahora tan rojo e hinchado como una bolsa de plástico transparente, repleta de vino.
La cámara se alejó de la cara para mostrar el resto de su cuerpo y parte de la
habitación. Estaba tumbado de espaldas y desnudo. Sus brazos estaban sujetos con
correas a sus costados, y sus piernas, también sujetas con correas, formaban una V. Su sexo se bamboleaba sobre el muslo izquierdo como un grueso gusano ebrio.
La mesa debía haber sido fabricada con el propósito de amarrar a ella hombres con las
piernas separadas, de modo que otras personas pudieran caminar entre ellas.
Aparte de la mesa de madera en forma de Y, la gruesa alfombra color rojo vino y los
cortinones color burdeos, la habitación estaba vacía. La cámara giró sobre sí misma para mostrar los cortinones y después volvió a su posición inicial y se elevó. La figura completa de Matthew Colben apareció como podría verla una mosca desde el techo, su cabeza reposaba sobre una almohada oscura. Levantó los ojos hacia la cámara y sonrió estúpidamente. No parecía importarle lo más mínimo el estar amarrado e indefenso.
Las escenas previas explicaban el porqué. Se veía cómo Colben había pasado,
mediante un condicionamiento muy preciso, del terror impotente a una excitación febril.
Childe, que había ya presenciado la película completa, sintió como sus entrañas se
retorcían y entrenudaban y, con sus extremos enroscados a su columna vertebral,
parecían querer estrangularse unas a otras.
Colben sonreía beatíficamente.
—¡Estúpido! —murmuró Childe—, ¡pobre jodido estúpido! El hombre sentado a la
derecha de Childe se volvió hacia él y dijo:
—¿Cómo? ¿Qué dice?
—Nada, comisionado.
Pero sentía como si su pene se estuviera retrayendo al interior de su abdomen,
arrastrando sus testículos tras él.
Las cortinas se abrieron, y la cámara hizo un zoom hacia un inmenso ojo oscuro,
bordeado de negro, de largas pestañas, después se desplazó hacia abajo a lo largo de
una estrecha y recta nariz y unos labios turgentes de un rojo vivísimo. Una lengua rosada se deslizó entre unos dientes anormalmente blancos e iguales, se disparó varias veces con un movimiento de vaivén. Un hilo de saliva se deslizaba por el mentón y después desapareció.
La cámara se desplazó hacia atrás. Los cortinones se abrieron de golpe y entró una
mujer. Su pelo negro y brillante estaba peinado hacia atrás y caía en cascada hasta su cintura. Su cara estaba muy maquillada: falsos lunares, rouge, polvos, pinturas verdes, rojas, negras y azules en torno a los ojos y un rizo azulado que bajaba por sus mejillas, pestañas postizas y un diminuto anillo de oro sujeto a la nariz. La bata verde, cerrada en torno al cuello y al talle, era tan tenue que parecía estar desnuda. Lo que no le impidió desatar los cordones que sujetaban el cuello y la cintura, y dejó deslizar la bata hasta el suelo, mostrando que podía estar aún más desnuda.
La cámara encuadró a la mujer. En la base del cuello tenía un hoyo profundo y los
huesos que lo rodeaban eran finos y delicados. Los pechos eran turgentes pero no
grandes, ligeramente cónicos y respingones, con pezones estrechos y largos, casi
afilados. Los pechos se sustentaban en una amplia caja torácica. El abdomen se hundía
hacia el interior; en sus caderas enjutas los huesos eran algo prominentes. La cámara
giró, o ella se dio la vuelta. (Childe no podía estar seguro, porque la cámara estaba muy cerca de ella, y carecía de puntos de referencia.) Sus nalgas eran como dos enormes huevos duros.
La cámara giró en torno a ellos, mostrando el estrecho talle y las ovoides caderas, y
después se volvió hacia el techo, que estaba cubierto con una tela del color de un
derrame sanguíneo en el ojo de un borracho. La cámara remontó un muslo blanco y
nacarado; un haz de luz iluminó su entrepierna. La mujer debía haberse abierto de
piernas, allí estaban el pequeño ojo marrón del ano y el borde de los grandes labios de sucoño. El vello era rubio, lo que quería decir que la mujer se había teñido el cabello. O quizás el vello púbico.
La cámara pasó entre las piernas de la mujer —que parecían ahora las colosales
extremidades de una estatua— y después se desplazó lentamente hacia arriba. Se
enderezó a la altura del pubis. Este estaba parcialmente cubierto por una tela triangular sujeta con cinta adhesiva. Childe no acertaba a adivinar la razón. Aunque, sin lugar a dudas, la razón no era el pudor.
Aunque había visto este plano anteriormente, se puso rígido. La primera vez, él —igual que el resto de los espectadores— había dado un brinco y algunos habían maldecido, y uno había lanzado un grito de terror.
La tela estaba tensa sobre el pubis. Un cambio de iluminación reveló súbitamente que
la tela era transparente. El vello formaba un triángulo oscuro y la vulva absorbía suficiente cantidad de tela como para mostrar lo ajustada que ésta estaba.
Abruptamente (y Childe volvió a dar un respingo, aunque sabía lo que venía después)
la tela se hundió aún más profundamente, como si algo desde el interior de la vagina
entreabriera los labios de la vulva. Entonces, algo abultó tras la tela, algo que tan sólo podía haber salido del interior de la mujer. Empujó la tela hacia arriba; la tela se agitó como si un diminuto puño o cabeza la estuviera golpeando, y después el bulto se retrajo y la tela quedó inmóvil de nuevo.
El comisionado, sentado dos asientos más allá de Childe, dijo:
—¿Qué diablos puede haber sido eso?
Expelió el humo de su cigarro y empezó a toser. Childe también tosió:
—Podría ser algo mecánico que llevara metido en el coño —dijo Childe—. O podría
ser... —Dejó su frase (y sus pensamientos) en suspenso. Que supiera, ningún
hermafrodita tenía un pene en el interior del canal vaginal. En cualquier caso, aquello que salía deslizándose al exterior no era un pene; parecía una entidad independiente, dotada de voluntad propia —ésa era la impresión que daba— y desde luego la cosa en cuestión había atacado la tela en más de un lugar.
La cámara hizo un movimiento y encuadró a Colben. Ahora estaba a menos de un
metro de él, alzada varios centímetros. Mostró los pies, aparentemente enormes a tan
corta distancia, las musculadas y peludas pantorrillas, y los muslos extendidos sobre la mesa en forma de Y, los gruesos testículos, el pene como un grueso gusano, que ya no se balanceaba contra el muslo sino que comenzaba a engrosarse y a alzar su inflamada y roja cabeza. Colben no podía haber visto entrar a la mujer, pero evidentemente había sido condicionado de forma que supiera que ella llegaría al cabo de un tiempo después de que le hubieran amarrado a la mesa. El pene estaba despertando como si tuviera oídos —enterrados en el seno de su carne como los de una serpiente—, o como si la hendidura de su glande pudiera detectar —como las fosas nasales de una víbora— el calor emitido por un cuerpo humano.
La cámara se desplazó para tomar de perfil la cabeza de Matthew Colben. El espeso y
rizado cabello gris y negro, las grandes y coloradas orejas, la frente lisa, la gran nariz ganchuda, los delgados labios, la maciza mandíbula con su barbilla maciza y cuadrada como la cabeza de un martillo pilón, su grande y grueso tórax, la protuberancia de una panza obtenida gracias a una concienzuda acumulación de cerveza y filetes, la curva descendente hasta el pene, ahora totalmente erecto e hinchado y duro; las venas eran cuerdas entrelazadas en el cabo de la pasión (Childe no podía evitar el pensar por medio de tales imágenes; manoseaba conceptos con el toque de un Midas). El glande, totalmente al descubierto, brillaba con fluido lubrificante.
Ahora, la cámara se apartó de Colben y se elevó para poder mostrar simultáneamente
al hombre y a la mujer. Ella se acercó lentamente, con las caderas ondulantes; al llegar a la altura de Colben, le murmuró algo. Sus labios se movían, pero no había sonido. El especialista de la policía no había podido leer en sus labios porque la cabeza estaba excesivamente inclinada. Colben dijo también algo, pero sus palabras resultaron indescifrables por la misma razón.
La mujer se inclinó sobre Colben y le puso el pezón izquierdo en la boca. El estuvo un rato chupándoselo; luego la mujer se apartó. Primer plano del pezón, húmedo e hinchado.
Ella le besó en la boca; la cámara se aproximó desde un costado, y la mujer levantó un poco la cabeza para permitir que la cámara filmara su lengua entrando y saliendo de la boca de Colben. Luego comenzó a besar y a lamer su barbilla, su cuello, su pecho, sus tetillas, y humedeció su rotunda panza con saliva. Se aproximó lentamente al pubis y chupó los pelos, le dio al pene breves lengüetazos y lo besó con los labios repetidas veces; después lo cogió por la raíz, lo apretó entre sus dedos y empezó a lamer el capullo. Después se colocó entre las piernas de Colben y comenzó a chuparle la verga con frenesí.
En este momento, un piano con sonido a lata como aquellos que se tocaban antaño en
los bares o cuando el cine mudo, comenzó a interpretar Humoresque de Dvorak. La
cámara se desplazó, enfocando la cara de Colben; sus ojos estaban cerrados y tenía un
aspecto estático, estúpidamente feliz.
Por primera vez se oyó la voz de la mujer:
—Avísame justo antes de correrte, querido. Unos treinta segundos antes. Tengo una
maravillosa sorpresa para ti. Algo formidable.
La policía había examinado la voz en el osciloscopio pero se habían introducido
distorsiones. Debido a ello la voz sonaba muy hueca y temblorosa.
—Ve más despacio, muñeca —dijo Colben—. Tómatelo con calma, igual que la última
vez. Fue el orgasmo más fantástico que haya tenido en mi vida. Ahora vas demasiado
aprisa. Y no me metas el dedo por el culo como la otra vez, me duelen las almorranas.
La primera vez que se había proyectado aquella escena, algunos policías habían
lanzado una risotada. Esta vez nadie lo hizo. Se produjo un inaudible pero notorio
movimiento en los espectadores. El humo de los cigarrillos pareció solidificarse; la leche verde apresada por el rayo de luz se volvió aún más agria. El comisionado inspiró con tanta fuerza que tuvo un fuerte acceso de tos.
El piano interpretaba la Obertura de Guillermo Tell. El sonido metálico de la música
resultaba incongruente; era esa misma incongruencia la que le hacía parecer tan
horrenda.
La mujer alzó la cabeza y preguntó:
—¿Vas a correrte, mon petit?
—Sí —gimió Colben—. ¡Ahora! ¡Ahora!
La mujer miró a la cámara y sonrió. La carne de su cara pareció volatilizarse,
descubriendo unos huesos como fosforescentes, de contornos imprecisos. Sólo el cráneo
apareció contrastado y brillante. Luego la carne reapareció, recubriendo los huesos.
La mujer sonrió lascivamente a la cámara y bajó de nuevo la cabeza. Esta vez se puso
en cuclillas bajo la mesa, con la cámara siguiendo sus movimientos. Cogió algo de un
pequeño estante adosado a una pata de la mesa. La luz se intensificó y la cámara se
aproximó aún más.
La mujer había cogido una dentadura postiza. Parecía hecha de hierro; los dientes
estaban afilados como hojas de afeitar y eran puntiagudos como los de un tigre.
Sonrió, depositó la dentadura sobre el estante, y con las dos manos se sacó la
dentadura que llevaba puesta. Inmediatamente pareció envejecer treinta años. Depositó
los blancos dientes sobre el estante y después se insertó la dentadura de hierro en la boca. Deslizó la punta del índice entre los nuevos dientes y mordió suavemente. Después apartó el dedo y lo situó de forma que la cámara pudiera enfocarlo. Del mordisco fluía una sangre roja y brillante.
Se puso en pie y se limpió el corte con el abultado glande de Colben, inclinándose
después para lamer la sangre. Colben se puso a gemir: —¡Oh, Dios mío! —exclamó—.
¡Me corro! Su boca se cerró en torno al glande y chupó ruidosamente. Colben empezó a
estremecerse y a gemir. La cámara mostró su rostro un momento, después volvió a su
posición anterior, encuadrando a la mujer de perfil.
Súbitamente, ella alzó la cabeza con un movimiento brusco. El sexo, agitado por
violentas convulsiones, lanzaba borbotones de esperma espesa y blancuzca. Ella abrió la boca de par en par, se precipitó sobre la verga y mordió. Los músculos de su mandíbula se anudaron; los músculos de su cuello se tensaron como cables de acero. Colben aulló.
Ella, moviendo rápidamente la cabeza de atrás adelante, mordió una y otra vez. De su
boca chorreaba la sangre, tiñendo de rojo el vello púbico de Colben....
La imagen de la bestia
Philip José Farmer

miércoles, 27 de junio de 2007

Durante toda su juventud el principe ...



Durante toda su juventud, el príncipe había oído la historia de la Bella Durmiente, condenada a dormir durante cien años, al igual que sus padres, el rey y la reina, y toda la corte, después de haberse pinchado el dedo con un huso.
Pero no creyó en la leyenda hasta que estuvo dentro del castillo.
Ni siquiera la había creído al ver los cuerpos de otros príncipes atrapados en las espinas de los rosales trepadores que cubrían los muros. Ellos sí habían acudidos movidos por un convencimiento, eso era cierto, pero él necesitaba ver con sus propios ojos el interior del castillo.
El príncipe, imprudente por efecto del dolor que sentía tras la muerte de su padre y demasiado poderoso bajo el reinado de una madre que lo favorecía en exceso, cortó de raíz las imponentes trepadoras, impidiendo de este modo que lo apresaran entre su maraña. No era el deseo de morir sino el de conquistar el que lo empujaba.
Avanzando con tiento entre los esqueletos de los que no habían logrado resolver el misterio, se introdujo a solas en la gran sala de banquetes.
El sol brillaba en lo alto del cielo y las enredaderas habían retrocedido permitiendo que la luz cayera en haces polvorientos desde las encumbradas ventanas.
Todavía instalados ante la mesa de banquetes y cubiertos por varias capas de polvo, el príncipe descubrió a los hombres y mujeres de la antigua corte que dormían con los rostros inanimados y rubicundos envueltos por telas de araña.
Se quedó boquiabierto al ver a los sirvientes dormidos contra las paredes, con las ropas consumidas y convertidas en andrajos.
Así que la antigua leyenda era cierta. Con la misma osadía de antes, inició la búsqueda de la Bella Durmiente, que debía hallarse en el centro de todo aquello.
La encontró en la alcoba más alta de la casa. Finalmente, tras sortear los cuerpos de doncellas y criados dormidos, y respirar el polvo y la humedad del lugar, se halló en el umbral de la puerta de su santuario.
Sobre el terciopelo verde oscuro de la cama, el cabello pajizo de la princesa se extendía largo y liso, y el vestido, que formaba holgados pliegues, revelaba los pechos redondeados y las formas de una joven.
Abrió las contraventanas cerradas. La luz del sol resplandeció sobre ella. El príncipe se acercó un poco más y soltó un ahogado suspiro al tocar la mejilla, los labios entreabiertos y los dientes y, después, los delicados párpados.
El rostro le pareció perfecto; y la túnica bordada, que se le había pegado al cuerpo y marcaba el pliegue entre sus piernas, permitía adivinar la forma de su sexo.
Desenvainó la espada con la que había cortado todas las enredaderas que cubrían los muros y, deslizando cuidadosamente la hoja entre sus pechos, rasgó con facilidad el viejo tejido del vestido que quedó abierto hasta el borde inferior. Él separó las dos mitades y la observó. Los pezones eran del mismo color rosáceo que sus labios, y el vello púbico era castaño y más rizado que la larga melena lisa que le cubría los brazos hasta llegar casi a las caderas por ambos costados.
Separó de un tajo las mangas y alzó con suma delicadeza el cuerpo de la joven para liberarlo de todas las ropas. El peso de la cabellera pareció tirar de la cabeza de ésta, que quedó apoyada en los brazos de él al tiempo que la boca se abría un poco más.
El príncipe dejó a un lado la espada. Se quitó la pesada armadura y a continuación volvió a alzar a la princesa sosteniéndola con el brazo izquierdo por debajo de los hombros y la mano derecha entre las piernas, el pulgar en lo alto del pubis.
Ella no profirió ningún sonido; pero si fuera posible gemir en silencio, la princesa gimió con la actitud de su cuerpo. Su cabeza cayó hacia él, quien sintió la caliente humedad del pubis contra su mano derecha. Al volver a tenderla, le apresó ambos pechos y los chupó suavemente, primero uno y luego el otro.
Eran éstos unos pechos llenos y firmes, pues la joven tenía quince años cuando la maldición se apoderó de ella. Él le mordisqueó los pezones, al tiempo que le meneaba los senos casi con brusquedad, como si quisiera sopesarlos; luego se deleitó palmeteándolos ligeramente hacia delante y atrás.
Al entrar en la estancia el deseo le había invadido con fuerza, casi dolorosamente, y ahora le incitaba de forma casi cruel.
Se subió sobre ella y le separó las piernas, mientras pellizcaba suave y profundamente la blanca carne interior de los muslos. Estrechó el pecho derecho en su mano izquierda e introdujo su miembro sosteniendo a la princesa erguida para poder llevar aquella boca hasta la suya y, mientras se abría paso a través de su inocencia, le separó la boca con la lengua y le pellizcó con fuerza el pecho.
Le chupó los labios, le extrajo la vida y la introdujo en él. Cuando el príncipe sintió que su simiente explotaba dentro del otro cuerpo, la joven gritó.
Luego sus ojos azules se abrieron.
—¡Bella! —le susurró.
Ella cerró los ojos, con las cejas doradas ligeramente fruncidas en un leve mohín mientras el sol centelleaba sobre su amplia frente blanca.
Le levantó la barbilla, besó su garganta y, al extraer su miembro del sexo comprimido de ella, la oyó gemir debajo de él.
La princesa estaba aturdida. La incorporó hasta dejarla sentada, desnuda, con una rodilla doblada sobre los restos del vestido de terciopelo esparcidos encima de la cama, que era tan lisa y dura como una mesa.
—Os he despertado, querida mía —le dijo—. Habéis dormido durante cien años, igual que todos los que os querían....
El rapto de la Bella Durmiente
Anne Rice

lunes, 25 de junio de 2007

De los dos fanáticos sureños



De los dos fanáticos sureños, el menor y el menos corpulento era Billy Ray Cobb. A los
veintitrés años había cumplido ya una condena de tres en la penitenciaría estatal de
Parchman por posesión de drogas con intención de traficar. Era un granuja flacucho y de malas
pulgas que había sobrevivido en la cárcel a base de asegurarse un suministro regular de
drogas, que, a cambio de protección, vendía, y a veces regalaba, a los negros y a los
carceleros. En el año transcurrido desde que lo pusieron en libertad ganó dinero y su pequeño
negocio de narcotráfico le había convertido en uno de los racistas sureños más prósperos de
Ford County. Era en hombre de negocios con empleados, obligaciones y contratos; todo menos
impuestos. En el concesionario Ford de Clanton se le conocía como el único individuo en los
últimos tiempos que había pagado al contado una camioneta nueva. Dieciséis mil dólares
contantes y sonantes por una lujosa Camioneta Ford de color amarillo canario, personalizada y
con tracción en las cuatro ruedas. Las caprichosas llantas cromadas y los neumáticos todo
terreno eran producto de un intercambio comercial y la bandera rebelde que colgaba de la
ventana posterior la había robado a un compañero borracho en un partido de fútbol de Ole
Miss. Su camioneta era la propiedad que más enorgullecía a Billy Ray. Sentado sobre la cola de
la caja, tomaba una cerveza, se fumaba un porro y contemplaba a su amigo Willard, que
disfrutaba de su turno con la negrita.
Willard era cuatro años mayor que él y unos doce años más atrasado. En general, era un
individuo inofensivo que nunca había tenido un empleo estable, pero tampoco ningún lío grave.
Alguna noche en la comisaría después de una pelea: nada digno de mención. Se autodefinía
como talador de árboles, pero el dolor de espalda solía mantenerlo alejado del bosque. Se
había lastimado la espalda en una plataforma petrolífera de algún lugar del Golfo y había
recibido una generosa recompensa de la empresa, que perdió cuando su ex esposa lo dejó sin
blanca. Su vocación primordial consistía en trabajar de vez en cuando para Billy Ray Cobb, que
pagaba poco pero era generoso con la droga. Por primera vez en muchos años, Willard la
tenía siempre a mano. Y siempre la necesitaba. Le ocurría desde que se había lastimado la
espalda.
La niña tenía diez años y era pequeña para su edad. Se apoyaba sobre los codos, unidos y
atados con una cuerda de nilón amarillo. Tenía las piernas abiertas de un modo grotesco, con
el pie derecho atado a un vástago de roble y el izquierdo a una estaca podrida de una verja
abandonada. La cuerda le había lastimado los tobillos y tenía las piernas empapadas de
sangre. Su rostro estaba hinchado y sangriento, con un ojo abultado y cerrado y el otro medio
abierto, por el que veía al hombre blanco sentado en la camioneta. No miraba al que tenía
encima, que jadeaba, sudaba y echaba maldiciones. Le hacía daño.
Cuando terminó, la abofeteó y se rió. El otro individuo también se rió y ambos empezaron a
revolcarse por el suelo junto a la camioneta, como si estuvieran locos, soltando gritos y
carcajadas. La niña volvió la cabeza y lloró quedamente, procurando que no la oyeran. Antes la
habían golpeado por llorar y gemir, y habían jurado matarla si no guardaba silencio.
Cansados de reírse, se subieron a la caja de la camioneta, donde Willard se limpió con la
camisa de la negrita, que estaba empapada de sudor y sangre. Cobb le ofreció una cerveza fría
de la nevera e hizo un comentario relacionado con la humedad. Contemplaron a la niña, que
sollozaba y hacía extraños ruidos discretos hasta que se quedó tranquila. La cerveza de Cobb
estaba medio vacía y bastante caliente. Se la arrojó a la niña. Le dio en el vientre, que cubrió
de espuma, y siguió rodando por el suelo hasta acercarse a un montón de latas vacías, todas
procedentes de la misma nevera. Le habían arrojado a la niña, entre carcajadas, una docena
de latas a medio consumir. A Willard le resultaba difícil alcanzar el objetivo, pero los disparos
de Cobb eran bastante certeros. No es que les gustara desperdiciar la cerveza, pero era más
fácil dominar las latas con un poco de peso, y les divertía enormemente ver cómo se
desparramaba la espuma.
La cerveza caliente se mezclaba con la sangre y le corría por el cuello y la cara hasta un
charco junto a su cabeza. La niña permanecía inmóvil. Willard preguntó a Cobb si creía que
estaba muerta. Cobb abrió otra cerveza y le respondió que no lo estaba, porque, para matar a
un negro, generalmente no bastaba con unas patadas, una paliza y la violación. Se necesitaba
algo más, como un cuchillo, una pistola o una cuerda, para deshacerse de un negro.
A pesar de que nunca había participado en ninguna matanza, había vivido con un montón de
negros en la cárcel y lo sabía todo acerca de ellos. No dejaban de matarse entre sí, y siempre
utilizaban algún tipo de arma. Los que sólo recibían una paliza o eran violados, nunca morían.
Algunos de los blancos apaleados y violados habían fallecido. Pero nunca un negro. Tenían la
cabeza más dura. Willard parecía satisfecho.
Willard preguntó a su compañero qué pensaba hacer ahora que habían acabado con la niña.
Cobb dio una calada al porro, tomó un sorbo de cerveza y respondió que todavía no había
acabado con ella. Se apeó de un brinco y cruzó haciendo eses el pequeño claro en el bosque,
hacia el lugar donde la niña estaba atada. Le chilló y echó maldiciones para despertarla antes
de verter la cerveza fría sobre su cara mientras reía como un loco.
Ella vio que daba la vuelta al árbol y se detenía para mirarla fijamente entre las piernas.
Cuando comprobó que se bajaba los pantalones, ladeó la cabeza y cerró lo ojos. Volvía a
hacerle daño. Miró hacia el bosque y vio algo: a un hombre que corría como un loco entre la
maleza y los matorrales. Era su papá, que, dando gritos, corría desesperadamente para
salvarla. Lo llamó, pero él desapareció. Se quedó dormida.
Cuando despertó, uno de los individuos estaba acostado bajo la caja de la camioneta y el
otro bajo un árbol. Ambos dormían. Tenía las piernas y los brazos paralizados. La sangre, la
cerveza y la orina se habían mezclado con el polvo para formar una pasta pegajosa que
sujetaba su pequeño cuerpo al suelo, que crujía cuando se movía y contorsionaba. Debo
escapar, pensó, pero con el mayor de los esfuerzos sólo logró moverse unos centímetros a la
derecha. Sus pies estaban atados tan arriba que sus nalgas apenas tocaban el suelo. Las
piernas y los brazos, entumecidos, se negaban a moverse.
Miró hacia el bosque en busca de su padre y lo llamó sin levantar la voz. Esperó y volvió a
quedarse dormida. Cuando despertó por segunda vez, ambos individuos estaban levantados y
dando vueltas. El más alto se le acercaba haciendo eses, con un pequeño cuchillo en la mano.
La agarró del tobillo izquierdo y atacó furiosamente la cuerda hasta cortarla. A continuación le
soltó la pierna derecha y la niña se dobló en posición fetal, de espaldas a ellos. Cobb arrojó
una cuerda por encima de la rama de un árbol e hizo un nudo corredizo en un extremo de la
misma. Agarró a la niña por la cabeza, le colocó la cuerda alrededor del cuello, cogió el otro
extremo de la misma y se dirigió a la cola del vehículo, donde Willard fumaba un nuevo porro
con una sonrisa en los labios por lo que Cobb estaba a punto de hacer. Cobb tensó la cuerda y
le dio un brutal tirón, arrastrando el pequeño cuerpo desnudo hasta detenerse bajo la rama.
Puesto que la niña tosía y jadeaba, tuvo la amabilidad de aflojar un poco la cuerda para
concederle unos minutos de gracia. La ató al parachoques de la camioneta y abrió otra lata de
cerveza.
Permanecieron sentados en la cola del vehículo mientras bebían, fumaban y contemplaban a
la niña. Habían pasado la mayor parte del día junto al lago con unas chicas a las que suponían
presa fácil, pero resultaron ser intocables. Cobb había sido generoso con las drogas y la
cerveza, y, sin embargo, las chicas no correspondieron. Habían abandonado el lago frustrados
y conducían sin rumbo fijo cuando se encontraron casualmente con la niña. Andaba por un
camino sin asfaltar con una bolsa de víveres cuando Willard le dio en la nuca con una lata de
cerveza.
-¿Piensas hacerlo? -preguntó Willard con los ojos empañados e irritados.
-No. Dejaré que lo hagas tú -titubeó Cobb-. Ha sido idea tuya.
Willard le dio una calada al porro y escupió.
-No ha sido idea mía. Tú eres el experto en matar negros. Hazlo tú.
Cobb desató la cuerda del parachoques y dio un tirón. La niña, que ahora los observaba
atentamente, quedó cubierta de pequeños fragmentos de corteza de olmo. Tosió.
De pronto, oyó algo: un coche cuyos tubos de escape hacían mucho ruido. Ambos individuos
se volvieron para observar el camino en dirección a la lejana carretera mientras blasfemaban y
se movían de un lado para otro. Uno de ellos golpeó la caja de la camioneta y el otro se acercó
corriendo a la niña. Tropezó y cayó cerca de ella. Sin dejar de blasfemar, la agarraron, le
retiraron la cuerda del cuello, la arrastraron hasta la camioneta y la arrojaron sobre la caja.
Cobb la abofeteó y amenazó con matarla si no se quedaba quieta y guardaba silencio. Dijo que
la llevaría a su casa si no se movía y obedecía, pero que, de lo contrario, la mataría. Cerraron
las puertas y salieron a toda velocidad. Regresaba a su casa. Perdió el conocimiento.
Cobb y Willard saludaron con la mano a los ocupantes del Firebird de sonoros tubos de
escape cuando se cruzaron en el estrecho camino. Willard volvió la cabeza para asegurarse de
que la negrita permanecía oculta. Llegaron a la carretera y Cobb aceleró.
-¿Y ahora qué? -preguntó Willard intranquilo.
No lo sé -respondió, indeciso, Cobb-. Pero hemos de hacer algo antes de que me deje el
vehículo lleno de sangre. Fíjate en ella, sangra por todas partes.
-Arrojémosla desde el puente -propuso orgullosamente Willard después de vaciar su lata de
cerveza.
-Buena idea. Una idea excelente -dijo Cobb al tiempo que daba un frenazo-. Dame una
cerveza.
Willard se apeó obedientemente y se dirigió a la caja en busca de dos latas.
-Incluso la nevera está manchada de sangre -comentó después de que reemprendieran la
marcha....

Tiempo de matar
John Grisham